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LA VENTAJA DE NO ESTAR DESPIERTO

Cuando abrí los ojos y vi a Mario dando vueltas por el cuarto vestido de enfermero lo llamé asombradísima y se acercó con una aguja enorme a ponerme una inyección. No entendía muy bien por qué, entre la neblina y la oscuridad de la habitación donde cerraban las cortinas para hacerme creer que era de noche y yo sabía muy bien que era de día ya que el reloj del fondo marcaba siempre las once en punto y no podían ser de p.m., Mario estaba allí siempre vestido de enfermero poniéndome inyecciones cuando él tendría que estar en Lima y no aquí, aunque yo no sabía entonces muy bien en dónde estaba.
Paseando los ojos por el cuarto todo blanco veo botellas de medicinas y agujas de inyecciones y no puedo moverme porque estoy toda llena de tubos que parecen patas enroscadas de arañas transparentes que salen de diversos puntos de mi cuerpo y van a parar a una serie de botellones que cuelgan encima de la cama o están en fila delante de la cama y se van llenando o vaciando de líquidos rojos, blancos, amarillos y de otros colores indescriptibles.
Después me enteré, cuando pude hablar y preguntar, que todos habían pensado que Mario era mi amante porque lo seguía llamando en mi delirio con sus inyecciones y mi esposo se llamaba Angelo, que ese enfermero no era Mario y, después de mi insistencia agresiva y pertinaz y para no volverme histérica del todo, Angelo consintió conmigo en que ese enfermero se parecía a Mario como dos gotas de agua pero sólo en el bigote porque no era nuestro querido amigo que estaba en Lima, también en una clínica, pero no de enfermero sino de paciente enfermo de cáncer sin remedio. ¿En esa misma Lima de donde yo había salido volando envuelta en mi bandera roja blanca y roja a descubrir Europa como me había descubierto ella a mí en tres carabelas injertando mi árbol genealógico ya hace tantos años que quién sabe si es verdad? En esa misma lejanísima, irrealísima.
Cuando el doctor me preguntó que cómo me sentía le dije que muy bien y que solo me dolía la rodilla y lo definí de sádico cuando se rio de mi dolor y me dijo que con todas las costillas masacradas y medio muerta como había llegado al hospital era una suerte que sólo me doliera la rodilla.
Entonces me acordé. Había tratado hasta ese momento de no acordarme del árbol que me cayó encima y que no era el árbol genealógico que tanto me pesaba toda la vida sino un árbol de verdad. No era el árbol por el cual debía llegar a ser una lumbrera porque todas las ramas del otro árbol estaban plagadas de lumbreras sino un árbol de verdad que me cayó encima y me rompió todas las costillas que tenía además de una serie de huesos innombrables.
Cada vez que recordaba trataba de convencerme a mí misma que estaba en medio de una pesadilla y que el árbol ese de las lumbreras era algo mental y no tenía nada que hacer con un árbol de verdad, ni siquiera con un árbol de Navidad y que pronto me iba a despertar, o que yo no era yo o más bien que estaba viviendo una pesadilla de Angelo esas que tiene cuando ha bebido demasiado. Cuando ya estaba convencida de que pertenecía a una pesadilla de Angelo llegaba el dolor y me daba cuenta que me había equivocado de sueño porque éste dolía demasiado. No puede ser – pensaba inmóvil porque si me movía me dolía – no puede ser, estas cosas no suceden en la realidad, pero sí suceden en la realidad porque al lado había otro que gritaba de dolor y no me dejaba seguir creyendo que estaba viviendo una pesadilla de Angelo.
Cuando vi entrar al doctor alto, alto con una serie de otros doctores todos bajitos pensé que era el ganso con todos sus gansitos que iban a nadar a la poza de agua de la hacienda y que yo era otra vez una niñita que jugaba a hacer casitas de caña y barro en la poza de los gansos.
-Cuente de diez a cero en forma regresiva – y yo cuento, mientras me ponen otra inyección, asustada de pensar que anestesia significa operación y a mí nadie me ha dicho que me van a operar con tal que me despierte después porque algunos no despiertan de la operación y de repente me sacan todas las costillas y quedo como el pavo deshuesado que hacía mi mamá para Navidad todos los años aunque el resto del año comiéramos frijoles porque en mi tierra todos comen pavo deshuesado en Navidad y ojalá esta no sea más que otra maldita pesadilla de Angelo y no sé por qué me he tenido que meter de pico y patas tan realísticamente en su sueño, maldita sea, y miré a los ojos uno por uno a cada uno de los gansitos esperando que me despertaran ellos a la fuerza si yo no salía del sueño o de la operación o en lo que me esté metiendo en ese momento. Llegué a contar hasta dos y medio…
– ¡Tiene ojos de loca!
– -¿Cómo se siente?
– ¡Me duele sólo la rodilla!
Parece que ha salido bien de la operación, duró ocho horas y le hemos colocado un fierro en cada una de las mil y una costillas con tuercas y tornillos de acero inoxidable que había comprado en otra ciudad y había traído blasfemando por tener que recorrer las calles bajo una lluvia torrencial uno de los gansitos con un auto de mala muerte que podía esperar hasta mañana que al menos pare la lluvia, pero no, decía otro, que si esperamos ésta capaz se nos muere y otro, increíble, conseguir tornillos para una que seguramente estaba loca porque nadie podía estar cuerda con todo lo que había pasado esta extranjera en país extranjero.
Cuando me levantaron de la cama me caí de bruces.
El ganso – doctor mayor- examinó todo con cuidado y moviendo la cabeza preguntó lo que siempre le había querido dar a entender, pero nadie me hacía caso:
– ¿Le duele la rodilla?
Afirmé con los ojos llenos de lágrimas de rabia por su incompetencia y mi humillación al caerme de bruces con la camisa de noche sobre la cabeza y todo al aire sin acordarme que había estado ocho horas calata en el quirófano rodeada de gansos y gansitos mientras hacía mi casita con barro y cañas a la orilla de la poza e los gansos, pero poco a poco me fui acostumbrando a que nadie hiciera caso de mi enfermedad desnuda o de mi desnudez enfermiza que para el caso es lo mismo y fui aceptando, créanme, la terrible realidad de que efectivamente yo no era yo sino que era un número y nada más.
-¡ Le duele la rodilla al 1256!
-¡Enyesar pierna a la cama 1256!
-¡Inyección al 1256 en cualquier parte aunque no le encuentren más venas!
Pensé que esas piernas moradas al fondo de la cama y llenas de picaduras de avispas no eran mías pero tuve que aceptar que sí al recibir otro pinchazo y ver cómo enyesaban la pierna que no era de la cama sino que era la mía, morada y llena de picaduras de avispas, como si fuera un bebé a quien cambiaban de pañales por la noche, con tanta ternura como se le puede dar a un número que se llame 1256.
Como no quise llamar otra vez a Mario porque según me explicaron por décima vez, estaba en Lima agonizando con un cáncer de la patada, el pobre, y yo estaba en un hospital cerca de la Arena de Verona, sin Romeo ni Julieta, la pobre, y con sólo un número 1256 a cuestas, apreté las piernas y no quise ir al baño porque eso de que a uno a quien no me habían presentado todavía viniera a colocarme la bacinilla chata dentro de la cama y luego la sacara con sabemos todos qué, era cosa que yo no podía consentir con mi educación monjil de Lima y me llenaba de vergüenza.
A los pocos días gritaba aterrada que sudaba frío como un caballo después de su última carrera en el hipódromo y que no podía ir de cuerpo como dicen en Verona porque no sabía decir mierda en italiano.
Cuando pude levantarme de la cama después del diluvio, vi que estaba trasladada de cuerpo entero con yeso y todo a otro cuarto lleno de mujeres en camas todas en fila que miraban este bicho raro que dice ser sudamericana y es rubia y tiene pecas como las de por aquí y tampoco lleva poncho como se supone tienen que llevar todas las aborígenes del Perú que se respeten. Les tuve que jurar que había tenido que dejar mis flechas envenenadas con mi cerbatana en la casa porque me trajeron de emergencia al hospital, que las pecas eran fruto de mi árbol genealógico injertado aunque enraizado en tierra americana y que las plumas que generalmente llevaba en la cabeza se habían quedado debajo del árbol al aplastarme como a hijo ajeno, el de verdad y no el otro. Después de soltar sus lagrimones, me explicaron que todos los años por esas épocas hay la tradición de la fiesta del árbol y todos bailan alrededor y me iban a conseguir un árbol bien bonito para que bailara yo también en agradecimiento de que no me había aplastado del todo. Les agradecí emocionada.
Todas eran muy buenas conmigo, realmente, una especialmente era tan buena que a veces me sentaba en sus rodillas y me llamaba su nenita y yo era feliz porque con todo lo que me había pasado, a una extranjera en país extranjero y todavía sin poncho, ya había comenzado a extrañar el árbol genealógico injertado debajo del cual había salido arrastrándome, jadeando, envuelta en mi bandera roja blanca y roja para luego abrir la puerta y salir en punta de pies sin despertar a nadie y volando había venido a parar a Verona en un hospital cerca de la Arena que no era esa de la Playa de La Herradura donde iba a bañarme en verano sino la otra.
Como decía, yo vivía feliz otra vez, engreída por una matronal señora que se parecía a mi mamá y no me sentía más el número 1256 hasta que un día entró la enfermera y puso el grito en el cielo al verme muy bien sentada en las rodillas de la maternal amiga gritando como loca que no quería amores ilícitos en los cuartos, todo como cosa de su mente enfermiza de solterona amargada, y la pasó a otro cuarto bien lejos del mío. Se fue llorando la pobre con sus enormes senos maternales y sus manazas campesinas diciendo que iba a extrañar a su nenita.
Muchas inyecciones después, le dije al ganso – doctor mayor- que quería irme de una vez del hospital porque me estaba acomplejando, me sentía un número y un número tan idiota como el 1256 que ni siquiera puede ser número de teléfono porque le faltan cifras, y entonces me llevó en camisón y bata a su consultorio al fondo del corredor para hacerme un examen físico o psíquico que terminó conmigo sentada en sus rodillas y consolándolo porque ya su mujer no lo quería.
Pensé que aquí en Verona no hacía más que pasarme la vida sentada en camas anchas y ajenas y en rodillas diferentes y tuve que hacer un gran esfuerzo para salir de allí y darme cuenta que yo no era yo ni estaba viviendo un sueño, sino que era otra vez, nada más y solamente una de las tantas malditas pesadillas de Angelo, de esas que le dan cuando ha bebido un poco más de la cuenta.

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